REVIEW DE «MAQUIA»

(ALERTA SPOILERS)

 

El 24 de febrero de 2018 se estrena en Japón “Maquia, una historia de amor inmortal”, ópera prima de la directora Mari Okada y producida por el estudio P.A. Works. Afortunados de volver a presentar una pieza escrita y dirigida por una mujer, Okada nos trae la historia de Maquia. Nuestra protagonista pertenece a una comunidad que deja de envejecer en la adolescencia. Aunque vive tranquila, se siente sola. Esa serenidad se verá en peligro cuando un ejército les invade para buscar el secreto de la inmortalidad. Maquia escapa, pero pierde a sus amigos y su hogar. En el bosque conocerá a Erial, un pequeño que ha perdido a sus padres en una emboscada. La historia desarrolla la relación entre Maquia, que no envejece, y Erial, que sí envejecerá. Una historia de encuentros y despedidas entretejidos entre personas.

 

ANÁLISIS

De nuevo volvemos a encontrarnos con una historia de género fantástico en la que nos encontramos una comunidad con el poder de la longevidad física, la inmortalidad. Una sociedad ancestral que reside a los pies de un gran mar. Se trata de una comunidad que dedica sus días a tejer piezas de tela en las que, con los hilos entretejidos, plasman conocimiento y edades. Entretejen los días, sus vidas y los sentimientos que se profieren. En cuanto a la narratividad no consideramos que el elemento el atrezo tenga una importante relevancia. Es cierto que el trozo de tela que Maquia consigue salvar en su huida es el que le permite cubrir y proteger a Erial cuando lo salva. Y ella en los años siguientes transmite esa cultura a su hijo y es con la misma tela que lo salva con la que le cubre el vientre una vez él está a las puertas de la muerte y ella lo visita por última vez. Podríamos darle un sentido protector, cálido. Es bonito pensar que a las telas se les atribuye la cualidad del tiempo en un sentido sentimental. Peor no sólo eso es lo que transmite la historia, sino que el tiempo, si bien lo entendemos como los hilos de edad y conocimiento unidos unos con otros, es algo moldeable como vemos en nuestros protagonistas, que no pasa el tiempo por ellos. Bien, si pasa no es físicamente.

 

Se nos presentan unos espacios ancestrales como ya hemos dicho. Naturaleza en estado puro o ciudades descarnadas y en una industrialización perjudicial. Los espacios tienen un sentido anímico en la película. Al comienzo del film presenciamos la naturaleza en estado puro. Aguas libres y limpias, brillantes. Cielo de ensueño. En el primer conflicto, cuando Maquia huye atada al dragón, la fotografía casi está invertida. Un momento de tristeza profunda por dejar atrás a la familia y el hogar. Una vez en la ciudad, el espacio se vuelve rudo, sucio y oscuro. Pese a ciertos momentos de felicidad, como por ejemplo en el que Erial se escapa y se encuentran en el canal bajo la lluvia, en una ciudad en la que no deja de llover ceniza la presencia de lluvia como tal es un tanto purificador y esperanzador, la ciudad presenta un aspecto bastante tétrico con las ruedas y las chimeneas humeantes de las fábricas que en muchos momentos transmite el estado anímico de nuestros personajes. El elemento de conflicto y batalla tendría el mismo peso y sentido. En muchos planos mientras nos encontramos en la ciudad hemos olvidado por completo lo que es el cielo. Le atribuimos al cielo una lectura de libertad, de explosión.

Ciertamente añadir en este sentido que a los espacios se les ha dado un detalle, acabado y un cuidado increíblemente bello y potentemente realista. A la altura de los mejores mangas y de los mejores animes en ese sentido.

 

Okada nos trae una ópera prima con gran cantidad de giros de guion. Una historia que parece ser un nuevo Romeo y Julieta se ve interrumpida por la llegada, a una idílica sociedad, de dragones y guerreros que les harán desaparecer. La aparición de un recién nacido que le cambiará la vida a nuestra protagonista dándole un sentido a su larga y nómada vida. Pero sea cual sea el giro de guion, todos los caminos nos llevan al mismo sitio: el amor. Como sabemos, el cine japonés es veterano en la escritura de historias de amor poco convencionales. No solo por las hazañas y actos e los personajes, sino por la peculiar profundidad de ese sentimiento. En este caso no nos encontramos el típico drama de adolescentes enamorados. Ni el amor imposible de un guerrero y una chica lobo. La mano firme y madura de Okada nos regala el amor entre una madre y un hijo. Una mujer que encuentra a un niño después de que sus pares sean asesinados. Decide criarlo a sabiendas de que tendrá que verlo morir. A medida que el muchacho crece este ve que la que creía que era su madre biológica realmente es una mujer que le salvo y le crio. Pero es en ese instante, cuando él la iguala o la supera en edad, en un sentido físico, que ya no la ve como esa madre para él sino como la madre para sus hijos.

 

 

Perdónesenos la sorpresa, pero esa madurez en una simple historia de costureras y sus aventuras en las que salvan a niños y los crían no es muy cotidiana. Finalmente el muchacho rehace su vida y su familia y la que en su día, y el resto de su vida, fue su madre y el amor de su vida le acompaña en la muerte. Es cierto que enamorarse es el placer más doloroso que existe. Es casi lo más cercano a una droga que nuestra mismidad crea por accidente. Pero el amor de una madre y un hijo es de lo más inconmensurable. Aunque Okada consigue acercarse a esa definición con uno de los últimos plano del film en el que Maquia rompe a llorar y lo hace por ella, por él y por nosotros. Rompe la escala de plano, la abre y se desgarra.

 

 

Es por ello que os animamos a que veáis la película y vosotros mismos decidáis. Lamentamos no poder analizaros más aspectos y en más profundidad, pero pese a haber estado nominada y galardonada, no es de las películas más completas a nivel de lenguaje narrativo. Con todo, es una película digna de ver, digna de admirar y de compartir.

Que dios bendiga el cine. Un saludo camaradas.

 

-Kiiro

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